LA BICICLETA DEL INTELECTO
Dos jóvenes enamorados se bajan de su
bicicleta al llegar a un gran parque. Se sientan sobre el verde césped con la
bicicleta aparcada a un costado. Entonces el novio mirando en dirección al
cielo, le señala la luna recortándose redonda sobre la hermosa noche y le dice
a ella: ¡por ti soy capaz de todo, si me lo pides te llevaría hasta la luna!
Entonces se ponen de pie, suben a la
bicicleta y emprenden el viaje…
Nuestra vida la vivimos de forma parecida a la narración de estos
jóvenes.
¿Podrían realmente llegar a la luna en bicicleta? O esa expresión,
tan asociada al anhelo de dos enamorados, no es más que eso, un anhelo profundo
de expresar el amor y demostrarlo de manera contundente, pero utilizando medios
inapropiados para lograrlo.
Nuestra vida se presenta, ronda de forma permanente en relación al
pensamiento.
El pensamiento es el efecto de un instrumento, al que denominamos
intelecto.
El intelecto es una magnífica herramienta que nos permite discernir,
seccionar la realidad para verla. Aunque ese discernimiento es solo un proceso
ideal, es decir, llegamos mediante el a conclusiones que son ideas,
pensamientos que expresamos con palabras.
Es muy breve el tiempo en el que nos
detenemos a reflexionar sobre este punto. Este punto es tomar conciencia,
reflexionar profundamente (esa es la traducción de la palabra meditar: reflexión
profunda) acerca de quienes somos. Somos aquello que pensamos o somos más que
una simple idea o que una compleja idea, ya que sea simple o compleja no cambia
su esencia. Estamos hablando de un proceso mental.
Recuerdan la
famosa frase de John Lennon que dice: “La Vida es aquello que ocurre mientras
estamos ocupados haciendo otros planes”? Bien, es exactamente el punto que
estamos desarrollando.
Por un lado, lo
que ocurre, la experiencia, lo vivencial, la vida misma. Todo esto asociado al
sentir, al experimentar, a gustar, a tener el sabor, de ahí la sabiduría: tener
el sabor de la vida.
Y por el otro
lado, lo que se piensa, “lo que se me ocurre sobre lo que ocurre”, las ideas
almacenadas en nuestra cabeza sobre esto, aquello y lo otro.
Alguna vez reparamos
en el hecho que todo aquello que vemos, en realidad no lo vemos realmente, sino
que lo estamos pensando. Cuando digo “mesa” tengo un concepto preconcebido
acerca de eso que aparece y qué en algún momento de nuestra temprana vida,
siempre a través de un proceso de adoctrinamiento, generalmente conocido como
“aprendizaje”, le dimos un nombre…
Entonces, a
partir de allí, nuestra vida pasó a ser vivida a través de ese bagaje de
conocimientos albergados en nuestro disco rígido, ese instrumento conocido como
intelecto o mente.
A partir de
allí, nuestra vida pasó de ser vivida, a ser pensada, de ser sentida a ser
ideada, de ser expresada a ser reflexionada…
Volvamos
entonces a los jóvenes enamorados que toman la bicicleta para cumplir la
promesa de llevar a su novia a la luna. ¿Podrían realmente estos lograrlo por
esos medios? La respuesta es obvia: ¡por supuesto que no!
Entonces, podría
un ser humano alcanzar la comprensión de la vida, de si mismo, de quien o que
somos, utilizando la bicicleta del pensamiento.
El intelecto es
un instrumento, magnífico. Sirve para cortar la realidad y dividirla en
infinidad de partes, tantas como concibamos. Sirve para discernir y advertir,
pero ese discernir y advertir no es mas que una posibilidad dentro de un campo
de juego, que tiene reglas muy definidas.
Te doy otro
dato, si quieres llegar a vos mismo, no tienes que dar más que un paso. Es más,
ni siquiera es una cuestión de distancia, basta que te bajes de la bicicleta de
tu mente y te pongas a sentir, cuando puedas dejar de pensar, es decir, cuando
puedas elegir pasar del canal del pensamiento al gran canal del sentir,
comenzarás a advertir, a disfrutar, a asombrarte nuevamente, igual que cuando
eras muy chico, justo antes que te enseñaran a subirte a la bicicleta del pensamiento.
Esa bicicleta
de la cual nunca más supiste como bajarte.
¿Se imaginan
subirse a una bicicleta y no poder bajarse jamás de ella?
Bueno, está
ocurriendo.
En Serena Mente
te enseñamos como hacerlo.
Texto: Joaquín
Monroy Saguez